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VENEZUELA
La situación de derechos humanos
Informe anual
2002
Como en años
anteriores, los problemas de derechos humanos más acuciantes a los
que se enfrentó el gobierno del Presidente Hugo Chávez afectaban a
la delincuencia y al sistema de justicia penal. Los altos índices de
delincuencia violenta ejercieron una fuerte presión sobre unas
instituciones públicas que a menudo contaron con un bajo nivel de
profesionalidad. La corrupción y la violencia de las fuerzas
policiales y el sistema penitenciario permanecieron endémicas; el
sistema judicial -dotado de escasos recursos, ineficaz y con
frecuencia corrupto- fue incapaz de administrar justicia con
efectividad.
Las ejecuciones
extrajudiciales de presuntos delincuentes a manos de la policía
continuaron constituyendo un grave problema de derechos humanos. Un
hecho preocupante fue la reciente aparición, en algunos estados, de
escuadrones de la muerte organizados, que actuaron con impunidad e
incluso publicaron listas de sus víctimas en periódicos locales.
Los frecuentes
exabruptos del Presidente Chávez contra sus opositores políticos o
los medios críticos con él, y su estilo autoritario de gobierno
despertaron el temor de que fuera a producirse un recorte de las
libertades civiles y de la libertad de expresión. Sin embargo, como
en años anteriores, la retórica de Chávez fue generalmente más
agresiva que sus actos.
En el estado de
Portuguesa, un escuadrón de la muerte, compuesto por miembros de la
policía estatal y de la Guardia Nacional fuera de servicio, aparece
como el responsable de hasta cien asesinatos de presuntos
delincuentes durante los dos últimos años, la mayoría de ellos en
las ciudades de Acarigua y Araure. Bajo la autodenominación de
"Grupo Exterminio", este grupo seleccionaba a sus víctimas de entre
las listas de delincuentes más buscados que publicaba en la prensa.
Dada la aparente indiferencia del gobierno, los jueces y la policía
del estado ante estos acontecimientos, los asesinos comenzaron a
actuar a plena la luz en vehículos patrulla de la policía. Según
informaciones de prensa, extorsionaban a los miembros de la lista
exigiéndoles importantes cantidades de dinero y asesinando a quienes
no pudieron hacer frente a los pagos.
En octubre de 2000,
miembros de este grupo asesinaron al joven de veintitrés años Jimmy
Rodríguez, estudiante del tercer año de Derecho, y a su amigo César
Agray Meléndez. Ambos eran bien conocidos localmente y a ninguno de
los dos se le atribuían relaciones con la delincuencia. En mayo, el
padre de Rodríguez, José Ramón Rodríguez, que había promovido una
campaña pública para poner a los asesinos de su hijo a disposición
de la Justicia, fue asesinado a tiros. Pocos días más tarde también
moría violentamente uno de los testigos principales del asesinato de
los jóvenes, Belmiro Gutiérrez. En julio, el gobierno envió dos
fiscales y un gran contingente de policías desde Caracas para
investigar estos sucesos. Muchos de los testigos recibieron amenazas
de muerte.
Grupos defensores
de los derechos humanos acusaron a Rodrigo Pérez Pérez, jefe de
Seguridad Ciudadana de la Gobernación del estado de Portuguesa, y a
Carlos Navarro, ex comandante de la Policía de Portuguesa, de
complicidad en las actividades del escuadrón de la muerte, pero en
octubre ninguno de ellos había sido procesado. Sin embargo, al menos
seis funcionarios de policía fueron detenidos por esos asesinatos.
El 25 de septiembre, un importante contingente de miembros de la
Guardia Nacional y la policía, actuando a las órdenes del Fiscal
General, Isaías Rodríguez, registraron la sede de la policía
estatal. Según informaciones periodísticas, durante el registro se
pudo observar que cuatro de los seis funcionarios detenidos no
estaban en sus celdas, en las que se hallaron bebidas alcohólicas y
teléfonos celulares. La policía informó además del hallazgo en el
edificio de armas ilegales, drogas, y documentación de vehículos
robados.
En junio, el Fiscal
General, Isaías Rodríguez anunció que el gobierno estaba
investigando también la actividad de escuadrones de la muerte en
Yaracuy, Miranda, Anzoátegui y en la Caracas metropolitana. La ONG
de defensa de los derechos humanos Programa Venezolano de
Educación-Acción en Derechos Humanos (PROVEA) denunció un modelo
repetido de ejecuciones extrajudiciales (con 32 ejecuciones de ese
tipo entre enero de 2000 y junio de 2001) en el estado de Barinas y
en Zulia, donde 98 personas murieron en supuestos enfrentamientos
con la policía durante el año 2000 y 43 durante los cuatro primeros
meses de 2001. La policía con frecuencia intentó maquillar lo que
eran asesinatos premeditados para que parecieran enfrentamientos.
En julio, el
Tribunal Supremo ordenó dar curso a la acción de habeas corpus
presentada en representación de Roberto Javier Hernández Paz,
desaparecido tras ser detenido por agentes de inteligencia en
diciembre de 1999 en el estado de Vargas. El tribunal instó al
fiscal que reiniciara las investigaciones sobre la desaparición de
Hernández y pusiera a los responsables a disposición de la Justicia.
Hernández fue una de las cuatro personas que desaparecieron cuando
agentes de inteligencia y paracaidistas del ejército cometieron
graves violaciones a los derechos humanos durante sus tareas de
control de los saqueos tras las inundaciones del estado de Vargas.
En septiembre, el fiscal presentó cargos de desaparición forzada
contra José Yáñez Casimiro, funcionario de la dirección de los
servicios de inteligencia y prevención (DISIP), implicado en la
desaparición de Oscar Blanco Romero, y contra Justiniano Martínez
Carreño por encubrir la detención ilegal de Blanco.
El nuevo Código
Orgánico Procesal Penal progresista, introducido en 1999 por el
gobierno de Rafael Caldera, fue objeto de polémica a medida que se
agudizaba la crisis de seguridad. Con el Código como chivo
expiatorio por la falta de firmeza al hacer cumplir la ley,
múltiples voces pidieron su reforma, en concreto para que se
endurecieran las disposiciones sobre libertad provisional y
condicional, y para que se eliminaran los juicios por jurado.
Las condiciones
penitenciarias continuaron siendo inhumanas y, debido a la violencia
entre presos, un grave riesgo para la vida en muchas ocasiones. A
pesar de la importante reducción del número de presos a la espera de
juicio, los niveles de violencia entre internos fueron
extremadamente altos, favorecidos por la insuficiencia de personal y
equipamiento, por la extendida corrupción entre los funcionarios y
por la entrada no controlada de estupefacientes y armas de fuego
dentro de los recintos penitenciarios. En el mes de marzo, dos
presos murieron y otros 41 resultaron heridos en un enfrentamiento
armado entre dos bandas rivales de la prisión de El Rodeo, en el
estado de Miranda. Uno de los muertos, Edgard Alexander Bazán, murió
cuando tomaba una granada que otro de los presos había lanzado
contra él. La prisión con los peores índices de violencia interna
fue Yare I, en Miranda, donde al menos veinte reclusos murieron en
diferentes sucesos ocurridos entre los meses de abril y agosto p or
la competencia de las bandas para hacerse con el control del mercado
de armas y estupefacientes.
El tratamiento de
Venezuela a los refugiados procedentes de la vecina Colombia
despertó serias preocupaciones. En octubre de 2000, las autoridades
venezolanas repatriaron por la fuerza al menos a siete solicitantes
de asilo que huían de la violencia de los paramilitares en sus
localidades, impidiendo que el Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para los Refugiados (ACNUR) accediera al grupo. En febrero,
grupos religiosos y de defensa de los derechos humanos expresaron su
preocupación por la difícil situación de cientos de colombianos que
habían entrado en el estado de Zulia escapando de la violencia
política en Colombia. Según las denuncias de estos grupos, los
refugiados, cuya presencia en principio negaron Venezuela y
Colombia, carecían de documentación y sufrían malnutrición y
enfermedades. En marzo, la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos hizo un llamamiento urgente al gobierno venezolano para que
no repatriara a los 287 refugiados y para que garantizara su
seguridad, les proporcionara ayuda humanitaria y estudiara sus
solicitudes para obtener el estatus de refugiados.
En agosto, la
Asamblea Nacional aprobó la Ley Orgánica sobre Refugiados y
Refugiadas y Asilados y Asiladas, en cuya elaboración participaron
ONG defensoras de los derechos humanos. El nuevo texto legal
prohibía la repatriación forzosa de los solicitantes de asilo y
establecía la Comisión Nacional para los Refugiados para evaluar sus
solicitudes. Según PROVEA, más de cien solicitudes de asilo estaban
a la espera de respuesta desde julio de 1999.
Las tendencias
autoritarias del Presidente Chávez quedaron una vez más de
manifiesto en sus esfuerzos por debilitar instituciones civiles como
la prensa o los sindicatos. Sin embargo, incluso a pesar de que
Chávez amenazó con severas medidas -como cuando en mayo propuso la
declaración del estado de emergencia- sus actos rara vez fueron tan
drásticos como sus críticos más alarmistas se temían.
El 3 de diciembre
de 2000, a requerimiento de Chávez, el gobierno organizó y ganó un
referéndum nacional para destituir a las directivas de las
desacreditadas federaciones sindicales. La propuesta infringía la
legislación que obliga al gobierno a respetar la autonomía de los
sindicatos. Tras varios aplazamientos, se marcó para octubre la
celebración de unas nuevas elecciones sindicales bajo los auspicios
del Consejo Nacional Electoral, un organismo público.
Aunque en general
se respetó la libertad de prensa, Chávez continuó con mordaces
ataques a sus críticos en su programa semanal de televisión y en
otras apariciones públicas, y también en llamadas a programas de
radio y televisión. La aversión de Chávez a recibir críticas quedó
también de manifiesto en su anuncio del mes de junio de que los
extranjeros que fueran a Venezuela a hablar mal del país serían
"expulsados". Sus palabras se consideraron una reacción a los
comentarios de la candidata a la Presidencia de Perú, Lourdes
Flores, durante su visita a Venezuela. Flores había comparado a
Chávez con el ex Presidente peruano Alberto Fujimori.
También en junio,
el Tribunal Supremo dictó una resolución interpretando un polémico
artículo de la nueva Constitución, un texto elaborado bajo la
dirección de Chávez. En una resolución fuertemente criticada, el
Supremo declaró que el artículo 58 de la Constitución, que
garantizaba el derecho a una información "veraz, oportuna e
imparcial", imponía obligaciones ineludibles a los medios. El
Tribunal sostenía que "los medios deben evitar difundir noticias
falsas o noticias manipuladas con el uso de verdades a medias;
desinformación que niegue la oportunidad de conocer la realidad de
las noticias; y especulaciones o información tendenciosa para lograr
un objetivo específico contra algo o alguien". El Tribunal también
concluyó que el artículo 58 requiere que las publicaciones sean
ideológicamente plurales salvo que su línea editorial esté
expresamente indicada.
El Tribunal Supremo
despertó temores de que el artículo 58 pudiera utilizarse para
amordazar a la prensa crítica con el gobierno. Efectivamente, en
octubre, la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) inició
una investigación sobre la actuación de la cadena de televisión
venezolana Globovisión por emitir información falsa, manipulada y
tendenciosa, una infracción según las regulaciones venezolanas sobre
radiocomunicaciones. En septiembre, la cadena había emitido las
palabras de un taxista que aseguraba que nueve de sus colegas habían
sido asesinados por delincuentes, cuando en realidad sólo se había
cometido un asesinato. El Presidente Chávez instó a la emisora a
reflexionar antes de que fuera demasiado tarde y amenazó con aplicar
mecanismos de defensa del interés nacional, la verdad y el orden
público. El error cometido, que la cadena se apresuró a corregir,
pudo costarle a Globovisión una multa o la suspensión de su licencia
de emisión.
El 7 de enero,
miembros de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM) detuvieron al
abogado y académico Pablo Aure Sánchez como respuesta a una carta
suya en la que ridiculizaba al Ejército y que fue publicada en un
diario nacional. Aure fue despojado de su ropa, forzado a pasar la
noche en una estrecha celda y no se le permitió utilizar el aseo.
Aunque tres días más tarde fue puesto en libertad por motivos de
salud, Aure se enfrentaba a cargos en virtud del artículo 505 del
Código Orgánico de Justicia Militar, que establece una pena de tres
a cinco años para quien "en alguna forma injurie, ofenda o
menosprecie a las Fuerzas Armadas Nacionales". Sin atender a las
objeciones del Procurador General ni del Defensor del Pueblo, que
argumentaban que aplicar la jurisdicción militar a civiles era
inconstitucional, el fiscal militar se negó a entregar el caso a la
jurisdicción civil.
El 24 de junio,
agentes de la dirección de inteligencia militar (DIM) arrestaron en
Caracas a Vladimiro Montesinos, el jefe de facto del Servicio de
Inteligencia Nacional de Perú y el poder en la sombra durante el
gobierno del depuesto Presidente Fujimori. Montesinos fue
rápidamente deportado a Perú donde fue detenido por corrupción y
violaciones a los derechos humanos. Desde que Montesinos huyó de
Perú, en octubre de 2000, en medio de un escándalo de sobornos, no
cesaron los rumores de que estaba escondido en Venezuela, bajo
protección de funcionarios del gobierno. Las mayores sospechas
recayeron en miembros de la DISIP y en su director, Eliecer Otaiza,
a quien Chávez despidió días antes del arresto de Montesinos. Sin
embargo, las investigaciones de la Procuraduría General y de dos
comisiones parlamentarias no lograron esclarecer LAS dudas acerca de
la participación del gobierno.
La defensa de
los derechos humanos
El año comenzó con
propuestas positivas del gobierno de Chávez a los grupos de derechos
humanos, pero se tradujeron en poca colaboración. En enero, Human
Rights Watch estuvo presente en calidad de observador en una reunión
sobre seguridad pública convocada por el Ministro de Interior y
Justicia, Luis Alfonso Dávila, con representantes de la comunidad de
derechos humanos de Venezuela. A la reunión asistieron varios
ministros, el Procurador General, el Presidente del Tribunal Supremo
de Justicia y el Defensor del Pueblo. Los participantes acordaron
formar una comisión asesora permanente que garantizara que se
mantiene abierto el diálogo entre el gobierno y los grupos de
derechos humanos, sobre todo en lo que respecta a la política de
control de la delincuencia. Sin embargo, en octubre la propuesta aún
no estaba en marcha.
En enero, la prensa
informó de que Liliana Ortega, Directora Ejecutiva del respetado
Comité de Familiares de las Víctimas de los Sucesos de Febrero-Marzo
de 1989 (COFAVIC) figuraba en una lista de personas investigadas por
la DISIP por "conspirar contra el gobierno". Sin embargo, en
febrero, el director de la DISIP negó las acusaciones.
El papel de la
comunidad internacional
Las Naciones
Unidas
En marzo, el Comité
de Derechos Humanos examinó el informe periódico de Venezuela de
conformidad con el Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos. En sus observaciones finales, el Comité expresó su grave
preocupación por las denuncias existentes respecto a desapariciones
y ejecuciones extrajudiciales y a la falta de respuesta de las
autoridades estatales para llevar a cabo las investigaciones
pertinentes, identificar a los responsables y llevarlos a juicio. El
Comité instó a Venezuela a dictar las normas legales necesarias para
dar cumplimiento a la prohibición de la tortura y expresó su
preocupación de que el prolongado proceso de reorganización del
Poder Judicial ponga en riesgo su independencia. En mayo, el Comité
de Derechos Económicos, Sociales y Culturales exhortó a Venezuela a
ratificar la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951
y a expedir documentación adecuada a los solicitantes de asilo. Al
Comité le preocupaba que "la falta de expedición de documentos de
identidad por las autoridades estatales sea un grave obstáculo para
el disfrute de los derechos económicos, sociales y culturales de los
refugiados y solicitantes de asilo, entre otros, el derecho al
trabajo, a la salud y a la educación".
La Organización
de los Estados Americanos
En su informe anual
de 2000, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos expresó su
preocupación por las restricciones a la libertad de prensa en
Venezuela. El Relator Especial para la Libertad de Expresión de la
Organización de los Estados Americanos se refirió al caso de Pablo
Aure como ejemplo de los continuos problemas derivados de la
aplicación de leyes de desacato.
En febrero, la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos hizo un llamamiento
urgente al gobierno de Venezuela a raíz del proceso por difamación
contra el periodista Pablo López Ulacio. El proceso, iniciado a
petición de un importante empresario a quien López Ulacio había
acusado de corrupción, era claramente defectuoso por la evidente
parcialidad de los jueces. Sin embargo, el gobierno no tomó las
medidas que pidió la Comisión y, en julio, un juez de Caracas emitió
otra orden de detención contra López.
Venezuela siguió
ignorando la orden de 1996 de la Corte Interamericana de los
Derechos Humanos que obligaba al Estado a compensar a los familiares
de catorce pescadores ejecutados extrajudicialmente en octubre de
1988 en El Amparo, en el estado de Apure, y a llevar a juicio a los
responsables.
Estados Unidos
Ni el gobierno de
Clinton ni el de Bush hicieron comentarios públicos sobre la
situación de los derechos humanos. El Informe por Países del
Departamento de Estado para 2000 resaltó el problema de las
ejecuciones extrajudiciales y de las desapariciones, y señaló que
quienes cometen estos crímenes actúan de manera prácticamente
impune. Altos funcionarios del gobierno venezolano, como el Ministro
de Defensa, José Vicente Rangel, y el Ministro de Asuntos
Exteriores, Luis Alfonso Dávila, criticaron el informe. |