NI AVENTURAS NI RUINA

María Sol Pérez Schael

Cualquiera advierte que la crisis se acentúa cada hora y que al cúmulo de acusaciones por corrupción, ineficacia, robo e inmoralidad que enfrentarán los chavistas por estos tres años de gobierno, habrá que sumarle una deuda impagable por genocidio y por la destrucción institucional del país. Es evidente, también, que en las actuales circunstancias toda acción política que requiera tiempo, reflexión y trabajo, corre el riesgo de ser considerada cobarde o, peor aún, cómplice del gobierno al contribuir a prolongar esta desgracia. Parece, pues, que estamos atrapados entre los cuernos de un dilema: si actuamos con apresuramiento provocamos una solución de facto que no deseamos y si no lo hacemos contribuimos a prolongar la destrucción del país que es lo que intentamos evitar. Presos de este dilema sólo tenemos como alternativas una aventura militar o la ruina. Si esto es cierto, entonces es  imperativo encontrar una salida que nos evite perecer lacerados por una de estas astas.

Una intervención inoportuna de los militares resquebrajaría las bases de la nueva institucionalidad y expondría los gobierno futuros al chantaje de una tutela militar. Esta experiencia la vivió el país luego de 1958 y los resultados son de todos conocidos. Sin embargo, esto no es lo único importante, cuando se piensa en una exitosa intervención de los militares se presume que existe una FAN cohesionada que responde a una unidad de mando y que sólo intervendría  para pedir la renuncia de Chávez. Demasiadas suposiciones convenientes. ¿Quién garantiza que no permanecerán en el poder por años? ¿Acaso los que cargaron a Rosinés, llamaron ángel a Chávez y ahora claman por Baduel nos pueden dar garantías? ¿No recuerdan que creyeron domeñar la bestia y llevaron al poder a un hombre sin atributos, incapaz de controlar siquiera su propio temperamento, y salieron trasquilados? Si bien es comprensible su apuro no es menos cierto que nadie puede garantizar el día siguiente a una intervención de la FAN, de manera que desencadenar una crisis que los saque de los cuarteles puede significar, nada más y nada menos, que desatar un conflicto militar de impredecibles consecuencias.

Imaginemos un instante que la confrontación entre militares es imposible y que su intervención se limitaría a exigir la renuncia de Chávez para luego dejarle el camino libre a los civiles ¿Quién garantiza que no se repetirá un zarpazo de la plutocracia, los oportunistas y los free ryder como los que vimos actuar el 11A? ¿Quién garantiza que no se impondrá una transición del chavismo sin Chavez encargada de quemar papeles, desaparecer pruebas, desmontar expedientes y raspar lo que queda de la olla?. Nadie sabe a ciencia cierta quién controla los hilos militares, de allí que ningún ciudadano de a pie tiene razones para respaldar una aventura de este tipo. No me cabe la menor duda: la coordinadora democrática hizo lo que tenía que hacer el 11 de julio.

Sin embargo, es evidente que la crisis no puede prolongarse y que más allá de cierto límite las masas enardecidas por la miseria, el hambre y la desilusión tomarán la justicia por su mano. Este escenario es probable debido a que la deslegitimación del gobierno, acelerada con la inmoral liberación de los asesinos de Llaguno, cierra las puertas del diálogo y cede paso a una caída libre del apoyo al Presidente. Ni la rectificación ni el disfraz de cordero amortiguarán el desplome definitivo del régimen. Dejar que el tiempo transcurra es caminar hacia la ruina y eso nadie lo quiere.

Ha sonado, pues, la hora de una solución sensata. Este camino pasa por la salida de Chávez y por establecer las bases de un acuerdo que garantice la recuperación de la democracia y el buen desempeño institucional y económico en el corto plazo.  Para ello es  indispensable que la oposición avance apresuradamente hacia el establecimiento de un programa mínimo de gobernabilidad democrática que le presente al país una oferta creíble para enfrentar el día después de Chávez. Al lado de este esfuerzo programático la sociedad debe seguir haciendo presión en la calle hasta rescatar la dignidad del TSJ y remover el poder ciudadano (Fiscal, Contralor y Defensoría). Por último, la oposición democrática cuenta con la carta ganadora: la enmienda constitucional. Si nos apresuramos en este camino, tendremos las mejores noticias este fin de año. Pero hay que darle un empellón a la Coordinadora Democrática. Pídele el acuerdo.

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