SOBRE LA RACIONALIDAD "REVOLUCIONARIA"
Graciela Soriano
Observando los últimos días del año 2001, vale la pena introducir en este paper
-puesto que ya se manifiesta abiertamente- la irrupción descarada de una
racionalidad revolucionaria, también irracional desde la perspectiva de la
visión cristiana y liberal de la vida en la que nuestras sociedades
hispanoamericanas se han movido hasta ahora, pero perfectamente racional desde
su propia lógica, en el clima de esta terrible circunstancia provocada desde el
gobierno. Se trata de una racionalidad medios a fines que sólo se atiene al
éxito de la revolución fuera de cualquier otra consideración ética o moral "no
revolucionarias".
En la medida en que desde estas perspectivas "el fin siempre justifica los
medios", su irrupción y despliegue tuvo que ser una sorpresa para el elector
común de 1998, ni preparado ni avisado para aprobar un proyecto gubernamental
por el que no votó y que, en estos términos, no conocía.
En otras palabras, ese elector votó de buena fe porque quería un cambio intra-sistema;
pero no un cambio extra-sistema o contra-sistema. En la medida en que se accedió
al poder mediante los instrumentos institucionales previstos en el sistema, el
régimen puede ser considerado legítimo por su origen.
En la medida en que desde el poder se han instrumentalizado los medios
existentes para subvertir e incluso destruir las bases de sustentación del
régimen que garantizó el acceso al poder, irrespetando (hay más de un caso) el
orden institucional, constitucional y legal, el régimen se ha hecho cada vez
más ilegítimo e irrespetuoso de los ordenamientos que hicieron posible el acceso
al poder, para desviarse a lo que técnicamente conduce a la ilegitimidad o a la
"tiranía" por el ejercicio.
Las justificaciones o motivaciones para la desviación, se nutren de las más
diversas fuentes y son de la más diversa índole: surgen de la nostalgia
trasnochada de aquel izquierdismo de los años 60, pasando por el afán de
notoriedad, las necesidades y pasiones de los excluidos, el rechazo y hasta
temor de una "vuelta atrás", hasta la convicción, no siempre pura, en las
bondades de la revolución, etc. etc.
Hasta ahora, sólo ha sido rentable para agitar la vida pública en la calle y en
las pantallas de la TV, para ayudar a machacar instituciones, para manipular el
deseo manifiesto de no regresar a etapas anteriores y, paradójicamente, para
lograr el descrédito del propio régimen cuyos logros efectivos no están
precisamente aún a la vista de todos. Es una racionalidad que puede combinarse
con todas las formas descritas de antemano y que posee sus propios métodos
(estrategias y tácticas revolucionarias). De modo peculiar, y desviándose por la
mentalidad instalada de vicios anteriores, en el caso de algunos militares que
han sido objeto de denuncia, ni desmentida ni enjuiciada con arreglo a las leyes
vigentes (?), se combina con la racionalidad lucrativista.
En otros ámbitos de la administración, con la racionalidad del operativo
_también de vieja data- que, en la medida en que no encuentra los cauces sanos
para instalarse con carácter permanente, se sigue revelando confusa e ineficaz.
En el caso del Presidente, está constantemente presente la racionalidad del
pantalleo, para el engaño más descarado e impune; a veces, más emparentada de lo
que él mismo pudiera creer o pensar, con la mentalidad del cortesano. En todos
los ámbitos, la de la Comisión, el mimetismo (ahora cubano), el resentimiento,
estimulante en coherencia con las bajas pasiones, las más fácilmente agitables e
instrumentalizables, dados los índices de pobreza y delincuencia del país.
Dentro de una estrategia revolucionaria general, se insertan tácticas como
A) la de la "reversión del discurso del interlocutor" (léase adversario), al que
se le imputan y adscriben sus propias exigencias y denuncias, mientras se asume
el papel del que él mismo se cree portador (ej.: la violencia no viene del que
arremete fuertemente con ella, sino del que es agredido y se queja o se lamenta
de la agresión);
B) la deliberada "confusión de la percepción de la realidad" (dado que desde
el discurso oficialista se tiende a hacer creer sin excusa ninguna en los
propios cometidos y logros, y valiéndose de todos los medios al alcance, a
hacerlos creer a los demás, se producen distintas y encontradas versiones de los
mismos sucesos ante el ciudadano atónito que duda de su propia capacidad de
percepción racional;
C) el "bombardeo continuo de issues para desconcertar a los actores sociales que
adversen el proceso revolucionario", no dejándoles tiempo para la reacción
dentro de coordenadas temporales normales (se abren todos los frentes posibles;
si bien pudiera parecer gerencialmente nefasto para el logro eficaz la adopción
de este proceder, para la lógica revolucionaria interesada, precisamente, en
destruir y confundir, resulta, por el contrario, rentable y positivo para la
"revolución"
D) en una etapa ulterior, la cotidianización y la familiarización con el
escándalo (la circunstancia por sí sola, llega a generar el escándalo, pero
además, se lo alimenta y estimula en cualquier ocasión. La convivencia diaria
con el escándalo, busca la insensibilización ética y moral del adversario
mediante el laceramiento constante de su sensibilidad en un primer embate,
hasta lograr el aplastamiento definitivo de su capacidad de reacción.
E) Todo corre parejo con una política deliberada y planificada de antemano,
dirigida a lograr el amedrentamiento y la inhibición de la acción del
adversario, mediante la utilización de actitudes y métodos violentos no
previstos ni instrumentalizados por la parte contraria. El entrenamiento y la
disponibilidad inmediata de grupos protagonistas de la violencia, está dirigido
a impedir la acción contraria, y a prevenir la posibilidad de acciones futuras
susceptibles de ser inhibidas por esta vía.
F) Cualquier táctica de distracción de la atención pública hacia problemas
diferentes al que, en su momento, esté en el foco de la atención, es válida para
contener, inhibir o evitar la acción o la reacción del adversario.. Dentro de
este orden táctico, se inscribe la repetición continua del mensaje o de la
propaganda gubernamental, dirigida a producir efectos psico-intelectuales
diversos en el ciudadano objeto de la repetitiva comunicación, en último
término, dirigida al mismo fin.