Marcha en Vargas, 2002.09.05

 

Estoy intoxicada. Intoxicada de dos sustancias diferentes, diría que hasta antagónicas. Y no conozco la composición química de ninguna, si a ver vamos, ¡era muy mala en química cuando estudiaba bachiller!

La primera es algo que, creo yo, contiene mucho de esperanza, un poco de amor, otro poco de alegría, de ilusión, de confianza, de ánimo, de entusiasmo, y me hace sentir muy contenta. Si, la misma sensación que sentí en la marcha de Maracay, la sentí hoy en Vargas. En mi querido y sufrido Estado Vargas, tierra de los recuerdos más hermosos de mi vida.

Nuevamente hoy se reunió una multitud al llamado de la Coordinadora Democrática, no la cifra dada por el Señor Naime -creo que se le fue un cero- pero sí mucha gente para un Estado que es pequeño, pero muy extendido.

Los partidos políticos hicieron gala de organización y, esta vez, el que tenía mayor representación era el MÁS, luego COPEI. Sigo sorprendida, desde la marcha de Maracay, de la capacidad de movilización del partido verde.

Pero bueno, les explico qué causó mi primera intoxicación, y para ello, solo les voy a relatar un episodio. A lo largo de los ocho kilómetros de la Av. Soublette, había grupitos de chavistas apostados. Unas veces cinco, otras diez, otras quince, no más de eso. Estaba yo al lado de un grupito de unos diez, donde resaltaban dos pavas lindas, que gritaban consignas progobierno. De repente, oí el siguiente diálogo:

- ¡Miiiiiiiiira! ahí va Cheíto
- ¿Cheíto?
- ¡Sí! ¡sí! ¡míralo! ¡ay no es bello!
- ¡Chica! yo no sabía que ya no era chavista. ¡Se pasó!
- ¡CHEÍTO! ¡CHEÍTO! ¡Hola! ¡Hola mi amor!

Cheíto las vio y les gritaba también emocionado.

Volví a reconocer a Venezuela, esa es la causa de mi primera intoxicación :-)

Ahora voy a la segunda. Para hacer un símil que explique mi condición. Yo soy como ese papel amarillo que atrapa moscas, pero yo atrapo gases lacrimógenos. Siempre estoy geográficamente al Oeste del sitio del que lanzan las bombas y los vientos alisios me envuelven en gás. Si no, me caen las bombas a los pies. Hoy no, hoy fue peor, y por eso me siento “papel amarillo”. Hoy estaba al Este, y por alguna razón telúrica que desconozco, el viento soplaba en esa dirección. ¡Vientos Alisios soplando al revés! No les puedo contar el nivel de rabieta que eso me produjo, además de la llorantina. Nuevamente tengo los ojos irritados, y la piel de los pómulos quemada. Y sin ninguna necesidad.

La marcha transcurría con total normalidad. Banderas ondeando al viento. Pitos con mil sonidos. Música, mucha música. Si bien el baile no es uno de mis fuertes, los piés se me iban solos, como los de los marchistas, donde destacaban los calzados en sandalias de tacón. ¡Mira que la coquetería de la mujer venezolana no tiene límite!. Ocho kilómetros bajo el sol caribeño ¡en tacones! Las consignas no eran agresivas, todo era armonía y cordialidad. Al llegar a la Casa de la Compañía Guipuzcoana, imponente como siempre, una fila de vallas metálicas azules impedía el paso. ¿Por qué si el permiso otorgado a la marcha era hasta la estatua de Bolívar, frente a la Casa Guipuzcoana, ponen una barrera cincuenta metros antes? Para mi es inexplicable. Yo pasé la barrera, como todos los periodistas, y también crucé la segunda barrera, la que impedía el paso de una concentración progobierno (escuálida esta, por cierto, no llegaban a cien) Pacífica también. ¿Saben quiénes estaban agresivos? Pues una treintena de empleados de la Gobernación. Y saben más, la sensación que tengo, y digo sensación porque no puedo dar pruebas de ello, es que tienen miedo de perder el empleo en un país de desempleados, solo eso.

Bueno, controlado el foco agresivo, yo me había quedado del lado de los chavistas. Me llama una amiga. “¿Dónde estás tu? ¡Salte de ahí! ¡Vente para acá! ¿Dónde estacionaste tu carro?”. Calma, le digo, cuando la gente está armada y nerviosa, es mejor no moverse mucho. Refiriéndome a los Guardias Nacionales. Al cabo de unos minutos veo mi oportunidad Había aparecido un Guardia Nacional de alto rango, seguido de dos más, y de unos policías. Hacían un corro en medio de aquella explanada. Me acerco a un Guardia Nacional y bajito muy suavecito, señalando mi carnet del Colegio Nacional de Periodistas, le digo: “están entrevistando al Coronel, por favor, déjeme pasar, tengo que hacer mi trabajo” “Pase, señora” Y ahí me fui, al corro de guardias y policías, que nadie estaba entrevistando, ahí no había periodistas, pero el guardia que me dio paso estaba de espaldas al Coronel, muy preocupado haciendo de barrera. Y lo más cómico es que a guardias y policías no les extrañó ver allí a semejante metiche, es más, creo que ni me vieron. Ahí oí algo muy divertido. El Coronel decía que los líderes de la oposición no controlaban a su gente, y minutos después, él, gran encargado de la seguridad, le pregunta a los policías dónde estaban sus agentes.

Creo que nadie controlaba nada hoy.

Bueno, ya era hora de irse. ¡Suficiente por un día! Me dirigí a mi camioneta, y unas periodistas de una emisora de radio me pidieron la cola hasta su carro. En el caminó encontré a mi amiga Haydée, la que me llamaba por teléfono. Se sube a la camioneta y dice que Antonio Ledezma estaba herido, que lo habían llevado a la clínica San José. No tuve opción, entre las periodistas y Haydée, me hicieron ir a la clínica. Ellas entraron, yo me senté en la Plaza San José, frente a la clínica, a tomar aire fresco.

Al partir, vimos un grupo de varguenses tomando cerveza, la mitad era adecos, la otra mitad emeverrecos. ¡Venezuela! :-)

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